
Elvirita la del río,camina con su pelo ensortijado entre los tablones del muelle de la costa.De ella se cuentan historias extrañas pero a ella,poco le importan los decires.
Una vez apareció por la parrillita del muelle con un pájaro entre las manos y dice,se duerme con él en los pliegues del anfiteatro de la costa.A Elvirita la mirada se le pierde en volutas de Parisiennes y,con la remera negra anudada en verano a la cintura y el polerón verde hasta las rodillas en invierno,siempre huele a viento del Norte.
Ríe Elvirita cuando ve hombres altos y rubios.La boca le tiembla de rouge rosa de furia y,por las manos de uñas comidas y rojas,un destello de caricias de antes le come la mirada.Es bella Elvirita y ha sido la más bella de Olivos y de la Libertador.
Quizás entonces el vidrio que mordía era fuerte y sin mezcla ni corte y,un poco de pastillas en la cartera de yute,eran los compañeros que la ensombrecían cuando recordaba a su amado entre las arenas que ya no están en Bartolomé Cruz y el río.
En Playa Dorada,ahora escalonada de madera para músicas de verano,Elvirita desgranaba mostacillas entre rocanrroll y porros.Y su compañero acariciaba la panza amplia que asomaba desde la bambula de flores.
Cuando iba yo a mi último año de estudios y,acollarada al escape en bandada de la clase de Física enfilaba hacia el río,Elvirita crecía entre colores y pelos raros.A Elvirita le crecía cada vez más la panza.Y Elvirita era un mediomundo.
Un día dicen que la encontraron entre las alambradas que dan al Club de la Costa llorando y llena de poco amor.Al rubio rulo que la amaba en tardes de cerveza y guitarras un policía le había disparado por la espalda cerca del bar ,confundiéndolo en un robo que no fue.Y a Elvirita,que dicen se murió de pena y de pastillas,el vientre le parió un varón escaso y liviano con el corazón apagado de latidos.
Todos cuidaron a Elvirita en las madrugadas y,con cama abierta a las estrellas y entre chapones de bar de panchos,ella esperaba con esa sonrisa de antes de que se fuera,los nueve meses acompañados.
A veces,cuando las estrellas en el río están pegadas y no se van nunca; miro a Elvirita.Ella camina con un muñeco que le regalaron.Ya no tiene el pájaro que cargaba entre los brazos y el tatoo de su muñeca es de me quise morir.El pelo es ahora largo larguísimo como la espera de el que nunca volvió y las manos de Elvirita no prepararon mamaderas.
Son palomas que tiemblan en el aire y se estrechan en un namasté nepalés pìdiendo cigarrillos a quienes le pasen por al lado.
Ya no hay mostacillas en el cuerpo de Elvirita y de los restós de la costa,las meseras acercan por la puerta de atrás - cómo si Elvirita no entendiera de puertas cerradas - la cena que ella,en ceremonia de dos,comparte en la baranda del río quién sabe con quién que ha llegado a visitarla de lejos.Pero ríe Elvirita ahora y habla sola.Y un beso le calma la boca y una caricia de antes le sirve en amoroso gesto.Elvirita está cenando acompañada,bajo la luna de Olivos.